Diario de Siberia IV: Vladivostok (con información práctica)

Diario de Siberia IV: Vladivostok (con información práctica)

Diario de Siberia IV: Vladivostok (con información práctica)

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La primera parte de nuestra aventura rusa llega a su fin y, tras cuatro días en Yakutsk, volamos a Vladivostok; allí comenzará nuestra ruta transiberiana en tren rumbo al oeste, pero antes déjame contarte nuestras impresiones de la ciudad.

Día 1

Aterrizamos en Vladivostok antes de las seis de la mañana. De los 31 grados de Yakutsk pasamos a poco más de 15, con una niebla densa y llovizna. Se agradece el fresco. El primer tren al centro no sale hasta casi las ocho, así que desayunamos y hacemos tiempo en una cafetería del aeropuerto junto a otros soñolientos viajeros oyendo el característico ñiñí de fondo.

El trayecto a Vladivostok dura casi una hora y no puedo evitar echar una cabezadita después de dormir solo una hora en el vuelo nocturno que nos ha traído hasta aquí. Cierro los ojos un momento. Los abro. La chica del asiento de enfrente me mira. Por la ventana veo a gente cruzando las vías como si nada y casitas de madera rotas con huerto. Vuelvo a cerrar los ojos. Los abro y veo el Pacífico y finalmente Vladivostok, con los últimos pisos de las torres más altas y el puente cubiertos por la niebla.

Al salir del tren tengo la sensación de haber vuelto a la civilización, de estar en una ciudad normal, con tiendas en las calles, edificios pegados unos a otros y gente con aspecto más variado entre sí. Se nota que es hora punta, porque hay mucho movimiento en las calles. Trajes, maletines, tacones y, sobre todo, prisas.

Calle en Vladivostok, Rusia

edificio en Svetlanskaya, Vladivostok, Rusia

Además de las numerosas joyerías y tiendas de flores que hay en cualquier ciudad rusa, lo que más caracteriza a Vladivostok es la presencia de marines. También me sorprende la gran cantidad de turistas chinos y coreanos que hay.

El hostal donde nos alojamos está a unos diez minutos de la estación de tren, en una bocacalle de Admirala Fokina, una calle peatonal donde prácticamente solo hay tiendas y cafeterías. Pasear por aquí me hace poner Yakutsk en perspectiva y darme cuenta de dónde venimos y qué poco rusa parece Yakutia. Según R, Vladivostok parece la imagen rusa de un San Francisco venido a menos, con sus cuestas y su imponente puente.

La habitación del hostal aún no está lista, así que nos dedicamos a callejear un poco para hacer tiempo, aunque lo que de verdad nos gustaría es dormir. Nos acercamos al paseo marítimo de Sportivnaya Naberezhnaya y vemos un estadio de fútbol. El aire es húmedo y el suelo está mojado. Los puestos de golosinas, comida y helados que hay están todos cerrados.

Después visitamos el museo del submarino C-56 y lo vemos en diez minutos. El interior resulta bastante claustrofóbico y está lleno de gente. Estoy cansadísima y me cuesta mucho centrarme a la hora de leer la información en ruso de cada objeto expuesto. Por si fuera poco, entra un grupo grande de turistas chinos gritones (el guía es ruso y también grita) que empujan y se hacen fotos con todo lo que hay en las vitrinas sin pararse ni siquiera un segundo a mirar lo que es. Los dejo pasar e intento seguir a mi ritmo mirando cosas, pero entra otro grupo de turistas y quiero salir de aquí pitando. Ya.

Comer es la mejor forma de pasar el tiempo, así que vamos a desayunar (otra vez). Algunos locales aún están cerrados, así que entramos en el único que vemos abierto por la zona, aunque esté dentro de un cine y nos tomamos nuestro tiempo con nuestros bliny y los syrniki. Los bliny son la versión rusa de las crepes; los syrniki son unas especies de tortitas gruesas hechas de tvorog, parecido al requesón, que se sirven con crema agria y mermelada. ¡Son un vicio!

Casi a la una de la tarde nos dan por fin la habitación y sin mucha dificultad acordamos echarnos una siestita y tomarnos la tarde de forma tranquila, sin mucho plan. La siesta dura cuatro horas y para entonces los museos están cerrados o a punto de cerrar, así que nos acercamos a la estación a comprobar el horario del tren de mañana y a localizar la sala donde dejar nuestro equipaje durante el día. En Rusia los horarios de los trenes están escritos en la hora de Moscú, así que hay que andarse con ojo para no despistarse. El nuestro sale mañana a las 10:35 de Moscú, que son las 17:35 de Vladivostok.

estacion de tren de Vladivostok, Rusia

Día 2

Normalmente suelo buscar sitios locales donde comer, a menos que el hambre me pille en una zona donde no haya mucho donde elegir. Soy de las que me levanto con un hambre voraz y tengo que desayunar lo antes posible. El alojamiento no incluye desayuno, así que salimos a la calle en busca de una cafetería, aunque muchas están todavía cerradas. Encontramos una abierta que se llama Five o’clock y pretende ser una cafetería «inglesa». Vaya por dios. Venir de Inglaterra a Vladivostok y acabar desayunando aquí… pero hay hambre, así que entramos. En el mostrador hay scones y muffins, además de bollos variados muy poco británicos, la verdad (lo que siempre es de esperar en sitios que pretenden ser extranjeros). La decoración la forman toda suerte de tazas, platos y otras cosas horrorosas de porcelana a la venta, como una jarra con forma de Big Ben, un plato decorativo del jubileo de la reina y otro de un sitio que se llama Immington y que tengo que buscar en el mapa. Lincolnshire. Me pregunto quién habrá estado allí y cómo habrá llegado hasta Vladivostok.

Con el estómago lleno nos dirigimos al funicular, para intentar ver el puente y la ciudad desde arriba, aunque hoy también hay niebla. Caminamos sin prisa por Svetlanskaya, una de las principales calles de Vladivostok que discurre paralela al mar en una sucesión de subidas y bajadas. Es temprano y ya hay chunda-chunda sonando a todo volumen. La música no viene de ningún coche, sino de los altavoces que hay por toda la calle. Esto es algo también muy típico de Rusia que suele llamar la atención a los primerizos por estas tierras. El chunda-chunda te persigue allá donde vayas, porque muchas calles principales tienen altavoces y, si no, los tienen las tiendas fuera.

Según la información que llevo apuntada, el funicular debería estar abierto, pero, cuando por fin llegamos después de mucho andar vemos un cartel de Cerrado en la puerta. Genial. Pasamos por el cercano edificio de la universidad, de ladrillo rojo y aspecto casi victoriano que parece descontextualizado, como si lo hubieran traído de otro sitio ya construido. Después damos la vuelta para volver al centro y, de camino, vemos otra cosa curiosa: un cartel enorme de una escuela de danzas irlandesas que han llamado Inverness. Eso es como si yo abro una escuela de cocina tradicional española en Lisboa y la llamo, qué sé yo, «Risotto funghi porcini». Como que no.

La niebla no tiene pinta de desaparecer y apenas se divisa la otra orilla cuando llegamos al Zolotoi most («puente Dorado»). Tras una buena ración de los típicos vareniki (pequeñas medias lunas de pasta rellena) rellenos de patata, vamos a una tienda a por provisiones para nuestro primer trayecto transiberiano que nos llevará hasta Jabárovsk.

Zolotoyi most, Vladivostok, Rusia

Lugares mencionados en un mapa
Información práctica
Algunos lugares de interés:

Museo del submarino C-56
Funicular
Zolotoy most (puente)
Ploshchad’ Bortsam za vlast (plaza)
Calle Svetlanskaya
Sportivnaya naberezhnaya (paseo marítimo)

 

Sugerencias para comer:

Desayuno: Five O’Clock (Admirala Fokina 6)
Comida: Кондитория (Okeanskiy pr., 12). Recomendación personal: vareniki rellenos de patata.

 

Transporte desde y hacia el aeropuerto

Puedes ir del aeropuerto al centro de Vladivostok en tren, autobús o taxi. El tren es, quizá, la opción más cómoda, ya que no tienes que estar pendiente de las paradas ni hablar con un conductor y negociar precios de taxis. El primer tren sale del aeropuerto a las 07:57 y el último a las 17:30. El trayecto hasta la estación de trenes dura en torno a una hora.

 

Alojamiento en Vladivostok

Dónde nos alojamos nosotros: Gallery and More Guesthouse*
Dirección: Ul. Admirala Fokina 4B
Puntuación en Booking.com: 8,8/10

Nos alojamos en una habitación doble con aseo y cuarto de ducha privados. Está bien para una noche o dos, aunque el colchón me pareció bastante incómodo. Lo mejor de todo es, probablemente, la ubicación, ya que está a unos 10 minutos a pie de la estación de tren.

Ver más alojamiento en Vladivostok*

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Irene Corchado Resmella

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Traductora jurada y jurídica de inglés (ICR Translations) especializada en derecho de sucesiones de Inglaterra y Gales, España y Escocia. Autónoma. Residente en el Reino Unido desde 2011 (Edimburgo < Oxford < Londres < St Albans). Casada con escocés. En Instagram: @curiolancer.

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Cuando le dices a un extranjero que no habla tu idioma que eres español se produce una situación curiosa. Para crear empatía, la persona te suelta una retahíla de frases y cosas aleatorias relacionadas con España, muy rápido, como si estuviera en Pasapalabra o algo. Si la persona es europea, lo más habitual es que diga cosas como «hola», «Barcelona», «Real Madrid», «fiesta» u «ocho cervezas, por favor» (la frase que aprendió mi novio R antes de ir a una despedida de soltero en Madrid).

En Rusia la gente casi siempre sorprende por original, aunque algunas veces para bien y otras para mal.

Hace ya unos añitos hice un viaje con amigos en autobús y tren desde Tallin a San Petersburgo y Moscú. Mientras bajábamos las escaleras mecánicas del metro de Moscú, un señor mayor que iba delante se volvió y preguntó si éramos españoles. Cuando le dijimos que sí, respondió con un vergonzoso y sonoro «¡Viva Franco!» con el brazo en alto que nos dejó descolocados. Uno de mis amigos enseguida le contestó con el ceño fruncido: «No, no. ¡Franco malo!», mientras los demás nos mirábamos incrédulos unos a otros.

Durante nuestra reciente aventura siberiana me pasó algo distinto en la estación de trenes de Vladivostok. Un guardia de seguridad, de unos cincuenta y largos, nos indicó dónde estaba la entrada a la cafetería que íbamos buscando. Miró a mi novio. «¿Gran Bretaña?». Cuando le dije que yo era de España solo tardó un segundo en acordarse de cosas españolas, que poco tenían que ver con el Real Madrid o la cerveza.

«Federico García Lorca», dijo.

Sonreí y le dije que era un gran poeta.

«Francisco de Goya».

Me alegré. Me alegré mucho. Lo primero en que pensó no fue la playa, la siesta, la Macarena o las tapas porque, probablemente, este señor nunca haya salido de Rusia. Se acordó de Lorca y de Goya, dos nombres que seguramente recuerde de la escuela.

Cultura. Esa es la marca España que deberíamos potenciar más.

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Mientras el principal atractivo de algunos países son sus ciudades, otros llaman la atención del viajero por sus paisajes y su naturaleza. La República de Sajá-Yakutia es de los segundos. Yakutsk no es una ciudad bonita (considerada por escritores y exploradores como un agujero o como el sitio más feo que han visto nunca), pero es, desde luego, un lugar curioso desde el que salir a ver muchas maravillas naturales.

Tras haber acudido al festival Ysyakh, hoy ponemos rumbo a un glaciar, a ver la taiga y a darnos un chapuzón en un río con Román, nuestro guía de VisitYakutia.com. Lee a continuación nuestras impresiones:

Cruzando el Lena en barco

La excursión empieza temprano. Román nos recoge a las ocho de la mañana y conduce hasta un «muelle», por llamarlo de alguna forma, al norte de Yakutsk, cerca del aeropuerto. El muelle es, más bien, un camino de tierra junto al río, de donde parte el barco que nos llevará al otro lado del Lena. No hay puentes. El gobierno ruso dice que, a lo mejor, en cinco o diez años construyen uno, pero vete tú a saber. De momento, la única forma de ir a los pueblos situados al este del río es en barco.

El camino de tierra es de un solo sentido y Román cuenta que todas las semanas se lía. Esperar tu turno y hacer cola son conceptos poco entendidos y practicados por aquí y es algo que los yakutos tienen en común con los rusos. Por suerte, es lunes por la mañana y no hay cola alguna. Entre nuestros compañeros de barco hay familias que vuelven del fin de semana de festival, señores mayores, una camioneta de Correos que parece sacada de los años cuarenta y dos hombres musulmanes del Cáucaso que destacan entre los yakutos tanto como nosotros.

En el barco no hay asientos ni nada por el estilo. Hay gente dentro de los coches, pero yo enseguida descarto la idea. Primero, porque quiero disfrutar de las vistas y, segundo, porque, si el barco tiene problemas, al menos si estoy fuera podré saltar al agua y nadar. O eso espero.

El río Lena es más ancho de lo que imaginaba. Es enorme. La otra orilla es poco más que una delgada línea en el horizonte. Tardamos una hora en cruzarlo en diagonal, ya que hay varias islas en el medio, algunas de un tamaño considerable. Román se queja del trayecto: «en invierno se tarda solo 20 minutos en coche». Con el calor que hace se me hace difícil imaginar a los coches cruzando un río de tal tamaño congelado.

cruzando el Lena en barco, Yakutia

Trayecto en coche

El punto de llegada es un terraplén similar al de la otra orilla, pero este tiene varios locales cutres hechos con contenedores de carga, donde venden kebabs y comida rápida en medio de la polvareda que levantan los coches al pasar.

Hacemos parada en un supermercado y compramos comida para la barbacoa que haremos tras ver el glaciar. La confusión que crean las «no colas» hace que tardemos más de lo deseable. En Rusia cualquier trámite, aunque sea ir al supermercado, lleva más tiempo del deseable. Compramos carne de cerdo marinada con salsa de frutos del bosque y uvas para el postre.

Volvemos al coche y a los pocos metros llegamos a un cruce. Si giras a la izquierda acabas en Magadán, después de varios días por la autopista M56 de Kolymá, conocida como «la carretera de los Huesos», porque fue construida en gran parte por presos del Gulag; muchos murieron durante la construcción y sus huesos fueron incorporados a la carretera. Nosotros giramos a la derecha en dirección sur. Voy bastante confundida, porque estaba convencida de que el glaciar estaba al norte, pero no digo nada. (Ya en casa me doy cuenta de que el lugar que tenía por Buluus no es tal, sino Bulus). Román sabe perfectamente dónde está, así que cruzo los dedos para llegar sin problemas.

«Esta es la carretera federal», anuncia. Durante un ratito está asfaltada y no tiene demasiados baches. Luego la cosa continúa en gravilla y el coche no para de dar saltos. Aun así, me duermo a ratos y despierto de nuevo dando saltos. De vez en cuando la carretera nos deleita con trayectos asfaltados. Resulta que el año pasado empezaron a asfaltar y, teniendo en cuenta lo poco que dura el verano (que es cuando uno puede trabajar al aire libre), terminar las obras puede tardar bastante.

carretera Yakutia, Rusia

El glaciar Buluus

Tras una hora y pico de trayecto, por fin veo un cartel que anuncia el glaciar, el único cartel que he visto hasta ahora y cambiamos la carretera por un camino de tierra hasta llegar al aparcamiento. Al bajarnos del coche nos da la bienvenida una nube de mosquitos, moscas e insectos voladores gigantes que no he visto en mi vida. El repelente ayuda, pero no hace milagros. Cruzamos una zona de barbacoa y nos asomamos al borde del valle para ver el espectáculo: el glaciar Buluus.

Estamos a treinta y un grados y al fondo del valle hay un glaciar enorme, tan grande como alcanza la vista. Bajamos y en cuanto pongo un pie en la superficie helada siento el aire frío que desprende, y lo agradezco. Es una sensación única y extraña. Estoy acalorada, en manga corta y andando por un glaciar.

En las zonas donde se ha derretido el hielo hay pequeñas piscinas llenas de agua gélida. Dos manantiales en distintos puntos del valle son los que proveen el agua que se congela y forma el glaciar. En el centro hay un par de riachuelos que se abren camino entre el hielo. Debido al calor, la superficie no resbala. En muchas zonas, es nieve blanda y mis zapatillas de tela se hunden varios centímetros. Se me mojan los pies y yo estoy en la gloria. Román calcula que el hielo tendrá un metro y medio de grosor. Junio es un buen mes para verlo. Dice que otro año vino con un grupo a finales de agosto y el glaciar casi se había derretido del todo. Imagino la desilusión del grupo, sobre todo después del trayecto en barco y coche hasta aquí…

Después de la barbacoa bajamos de nuevo al glaciar antes de irnos. Me alegra haber bajado antes, cuando no había nadie y tuvimos un rato agradable y tranquilo para verlo. Ahora hay unas 20 personas de esas que llaman a sus hijos a voces y un grupo que no deja de chillar, además de una chica que parece haber venido solo por la foto. Enseguida se quita la ropa y posa en bikini y pamela recostada en el hielo mientras su madre le hace fotos. Qué guapa vas a salir en Instagram, hija. Qué pena que sean todo primeros planos y lo más bonito (el glaciar) apenas se vaya a ver.

glaciar Buluus desde arriba, Yakutia

Taiga

La próxima parada es Турук Хая («Turuk Jáia»), un enorme precipicio donde contemplar desde arriba la inmensidad de la taiga siberiana. Siempre he pensado que las retahílas que aprendíamos en Geografía no servían más que para aprobar un examen. Viajar es la mejor forma de aprender geografía, historia y cultura y poner en práctica y mejorar idiomas. Y aquí estoy yo, a mis 31 años, viendo de primera mano lo que es la taiga, más allá de repetir como un loro aquello de «es un ecosistema típico de zonas con clima continental y caracterizado por árboles de hoja perenne».

Río Kuruluur

El último plan de la ruta de hoy es pasar un rato junto a un río cercano y, quizá, darnos un chapuzón. Vamos por un camino de tierra por el bosque que, más que camino, es una sucesión de baches. Agujero tras agujero. El trayecto supuestamente dura veinte minutos, pero tardamos casi cuarenta y cinco. Entonces me acuerdo del episodio de Long Way Road en el que Ewan McGregor y su compañero tienen que pedir ayuda para cruzar carreteras inundadas de camino a Magadán. Nos encontramos con un charco que parece profundo y Román se baja del coche y se mete en el agua. La parte central es demasiado profunda para pasar, pero en el lado izquierdo el agua le llega por debajo de la rodilla, así que finalmente cruzamos por ahí.

El trayecto es una auténtica agonía monótona de baches en un camino recto con una infinita sucesión de árboles a ambos lados. Me parece estar en un videojuego de esos de pasar pantallas y llevar días enteros encerrada en la pantalla «Bosque» del nivel I. Pero todo llega y, por fin, dejamos el coche y nos sentamos junto al río. Hay varias cascadas, pero son pequeñitas, nada sorprendente. Las rocas tienen formas escalonadas y el agua es oscura. No se ve el fondo y hay piedras, así que descarto nadar, pero me siento en la orilla de una piscina natural pequeña hasta que el agua me cubre la cintura. El agua está fría, aunque no helada, como uno esperaría de un lugar por encima de los 60º de latitud norte.

rio Kuruluur, Yakutia

Buluus, Turuk-Khaya y Kuruluur en un mapa
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Diario de Siberia II: el festival Ysyakh en Yakutia

Diario de Siberia II: el festival Ysyakh en Yakutia

Diario de Siberia II: el festival Ysyakh en Yakutia

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Ysyakh es la fiesta más importante para el pueblo yakuto y celebra el resurgir de la naturaleza. Según la leyenda, los dioses bajaron del cielo un 21 de junio con una misión: crear los cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aire). Formaban 35 tribus de espíritus Aiyy y los antiguos yakutos creían descender de una de esas tribus. Consideraban la llegada de la estación cálida como el nuevo año, de ahí que suela decirse que Ysyakh es la celebración del año nuevo yakuto.

En nuestra reciente aventura siberiana acudimos a Us Khatyn, cerca de Yakutsk, para asistir al festival, una de las dos excursiones que concertamos con VisitYakutia.com. Lee nuestras impresiones a continuación.

festival ysyakh, yakutia, rusia

Román nos recoge a las nueve. Es bajito, delgadísimo y va muy justo de inglés. Como la mayoría de los siberianos del este, conduce un coche japonés con el volante a la derecha, que está bastante bien, comparado con los que hemos visto hasta ahora. Los coches en Yakutsk se caen a trozos. Al que no le falta el parachoques delantero o trasero, le faltan los dos, o una luna, o tiene un bollo enorme en el lateral. Todos tienen un capón de polvo increíble. En la carretera en la que vamos, que tiene unos bultos de medio metro, se mezclan marshrutkas destartaladas, coches rusos de policía con su volante a la izquierda y coches japoneses como el de Román. Un popurrí de vehículos variopinto y peligroso, teniendo en cuenta cómo se las gastan los siberianos al volante.

☛Curiosidad: Yakutsk es la capital más fría del mundo. El invierno dura unos ocho meses y de diciembre a enero la temperatura mínima media ronda los -40 ºC, aunque es habitual que supere los -50 ºC. Durante la jornada laboral, muchas personas dejan los coches encendidos, para evitar que se estropeen y se congelen. Por suerte, llenar el depósito en estas tierras es económico, unos 40 rublos (0,59 €) el litro.

Echo un vistazo por la ventana. En las afueras de Yakutsk hay casitas de madera; unas a medio construir y otras a punto de venirse abajo. Cuesta decidir si son cucas o una mierda. También veo a unos hombres cultivando y Román nos cuenta con orgullo que Yakutia lleva cinco años plantando sandías con éxito, todo un logro en una tierra tan poco fértil como esta, donde el suelo se encuentra permanentemente congelado. Solo las altas temperaturas de un verano que dura apenas mes y medio consiguen descongelar uno o dos metros de la superficie y permitir algunos tipos de cultivo y que las vacas salgan a pastar. Durante ocho meses al año las vacas se alimentan de pienso y viven en un establo interior de aspecto similar al de las casas tradicionales de invierno.

Ysyakh no solo se celebra en Yakutsk, sino en toda la república de Sajá-Yakutia. Sajá se divide en 34 territorios llamados uluses y cada ulús celebra su propio festival. Las celebraciones tienen lugar el último fin de semana de junio y podríamos decir que es una mezcla de romería y Highland Games a lo yakuto. Hay ceremonias y rituales, puestos de comida, música (es curioso ver cómo tocan las arpas de boca, que llaman jomus), concursos, competiciones y carreras de caballos, entre otras cosas.

festival ysyakh, musicos, Yakutia, Rusia

Según Román, el Ysyakh actual lleva celebrándose unos 15-20 años y empezó con dos o tres casas. Hoy es tan grande que muchas empresas y organizaciones cuentan con casa propia e incluso han creado calles con nombre y todo. Actualmente tiene más de comercial que de tradicional, pero para el visitante primerizo es algo curioso e interesante de ver.

Las familias yakutas acuden a Us Khatyn el sábado por la mañana cargados de provisiones y acampan hasta el domingo. A las dos de la mañana asisten a un ritual en el que dan la bienvenida al nuevo año y al que no hemos podido apuntarnos, ya que solo pasamos allí el domingo. Hace casi treinta grados y no hay ni un solo rincón a la sombra. La madre de Román le ha dicho que hoy está nevando en su pueblo, situado en el norte de Yakutia.

En la entrada del recinto se alinean mujeres ataviadas con el traje típico y te dan la bienvenida junto a una estructura de madera con tres arcos. Si eres mujer, debes pasar por el arco de la izquierda; los hombres por el de la derecha. Debes rodear una hoguera mientras una mujer te bendice y luego ya puedes continuar. No hay camino asfaltado; el suelo es de tierra y se levanta una polvareda increíble, aunque de vez en cuando pasan minicamiones regando.

El alcohol está prohibido en Ysyakh y Román nos cuenta por qué. Los yakutos tienen en general poca tolerancia al alcohol y fama de ser unos flojos bebiendo. Con un par de copas se ponen borrachísimos y se lían a ostias con mucha facilidad, así que cortan por lo sano en acontecimientos como este para evitar problemas. Por supuesto, siempre hay quien consigue colar alcohol y de eso nos damos cuenta bastante pronto cuando vemos a dos hombres arrastrar a otro por el suelo. En un principio lo llevan sujeto sobre los hombros, pero el borracho no da ni paso, así que lo dejan caer y luego lo arrastran por los brazos hasta unos arbustos, donde lo dejan medio escondido y boca abajo.

Aún queda rato para la inauguración y las competiciones, así que damos una vuelta completa por el recinto para ver las construcciones de madera que imitan las casas tradicionales de las aldeas yakutas. Las hay de dos tipos: de invierno y de verano. Las casas de invierno son rectangulares, planas y de una sola planta, con la puerta en el centro y las paredes ligeramente inclinadas. Las de verano suelen tener forma cónica o de choza.

Cuando nos detenemos a ver una, Román le pregunta algo a una señora mayor de pocos dientes y mucho hablar, quien nos invita a pasar dentro. La casa tiene forma de cono, con una única puerta de entrada y un agujero en el punto más alto. En el centro se enciende una hoguera, cuyo humo sale por el agujero, pero el calor permanece dentro y se expande hacia las paredes, donde colocan las camas. La señora está deseosa de contarnos cosas y no para de decirle a Román: «Dígales que tal y tal». Ayer ganó dos microondas en el concurso gastronómico con los platos de pescado que presentó. «Pero no pescados de mar. Pescados de río, de nuestros ríos de aquí», matiza. Salimos de la casa y nos muestra una alfombra gris y blanca preciosa hecha con pelo de caballo. También nos enseña una piel de oso y nos cuenta que, según la leyenda, los osos no tienen dos orejas, sino cuatro. Lo oyen todo y, por eso, nunca hay que decir cosas malas de los osos, porque recibirás un castigo si lo haces.

La ceremonia de apertura y las competiciones tienen lugar en un estadio al aire libre y son enteramente en el idioma yakuto, excepto cuando algún representante de empresas colaboradoras rusas o algún miembro de ministerios del gobierno federal hablan. Nos esperan varias horas de escuchar «tantarantán» sin enterarnos de nada, aunque Román nos va explicando lo que ocurre y lo que viene a continuación.

Presentan a los competidores, que aparecen descalzos y con el torso desnudo. Se agarran de las manos y empiezan a danzar, creando una espiral a la que se une la mayoría de los hombres de la grada. Hoy hay pruebas de tiro con arco, lucha y carreras con piedras. En esta última cada participante debe caminar entre dos puntos tantas veces como pueda sujetando una piedra de más de 120 kilos. Los premios son dos coches rusos recién lavados en el recinto.

La hora de comer nos da algo de miedo. Casi todo lo que encontramos es carne de caballo con pinta de llevar al sol bastantes horas. Román quiere que probemos una sopa hecha con vísceras de vaca; una delicia, según él. Tiene una pinta horrorosa: trozos de vete a saber qué de vaca nadando en un caldo opaco de color gris. Nos pregunta si somos veganos o algo, porque alguien que no come caballo o vísceras de vaca debe ser de lo más escrupuloso que haya visto.

Le decimos que el cerdo y la ternera nos van bien, así que acabamos en otro sitio con una sopa de carne de cerdo con patatas y mi novio con lo que se supone que es cerdo, aunque solo come la mitad y por lo bajini me dice que cree que cerdo no es. Román opta por la deliciosa sopa de vísceras de vaca. Yo pruebo un poco del caldo, muy denso y graso, de un sabor indescriptible, nada placentero.

Como el alcohol está prohibido, los yakutos beben principalmente dos cosas: zumo de frutos del bosque y kymys, una bebida blanca elaborada generalmente con leche de vaca fermentada (tradicionalmente con leche de yegua), con gas y un porcentaje bajísimo de alcohol. Está bastante buena y sabe a una mezcla de leche y gaseosa.

El día termina con carreras de caballos. Román cuenta que la mayoría los han comprado en los países árabes y ya vienen con nombre: Ninja, Princesa, Conquistador… Los yakutos tienen una estrecha relación con los caballos, a diferencia de otros pueblos del norte de Siberia como los evenkos, que se dedican al pastoreo de renos. Los caballos son el único animal que soporta el duro invierno y es capaz de excavar un poco en la nieve y encontrar comida. Los caballos son animales de carga y una de las principales fuentes de alimentación para los yakutos. Del caballo aprovechan todo: comen su carne, beben su leche, se abrigan con sus pieles y también fabrican cosas con las crines. En algunos puestos he visto unos sombreros redondos hechos de crin y un curioso objeto que consiste en un mango de madera con una cuerda a modo de pulsera del que cuelga una crin y que utilizan como espantamoscas.

En el vídeo de abajo puedes ver algunos de los elementos mencionados en el artículo, como la puerta de entrada al recinto y los trajes típicos, además de oír el idioma yakuto (por ejemplo, la señora del minuto 1:17) y el sonido del jomus de fondo.

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Irene Corchado Resmella

Irene Corchado Resmella

Traductora jurada y jurídica de inglés (ICR Translations) especializada en derecho de sucesiones de Inglaterra y Gales, España y Escocia. Autónoma. Residente en el Reino Unido desde 2011 (Edimburgo < Oxford < Londres < St Albans). Casada con escocés. En Instagram: @curiolancer.

Diario de Siberia I: Yakutsk, o la Siberia más remota

Diario de Siberia I: Yakutsk, o la Siberia más remota

Diario de Siberia I: Yakutsk, o la Siberia más remota

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El sitio que me había empeñado en visitar y que dio pie a organizar nuestra aventura rusa es la primera parada del viaje. La capital de Sajá-Yakutia es una ciudad remota del norte de Siberia situada a seis horas y media en avión de Moscú en la zona habitada más fría del mundo; como comprobamos después, Yakutsk es, paradójicamente, el lugar más caluroso de todos a los que vamos.

A continuación comparto nuestras impresiones en forma de diario de viaje.

Día 1

La última hora del vuelo desde Moscú es algo movidita. Quiero llegar ya. Cuando el avión comienza a descender puedo ver el paisaje llano y salpicado de pequeños lagos característico de Yakutia y me invade la emoción. El aterrizaje es de los que dejan secuelas. Al salir del avión miro alrededor. Tengo la sensación de haber aterrizado en un descampado. Veo alguna torre y edificios destartalados, pero, sobre todo, descampado.

El autobús número 4 es raro. No es un autobús urbano grande y corriente, ni tampoco una marshrutka, una de esas furgonetas particulares que hacen rutas asignadas. Es un autobús pequeño, viejísimo, al que le falta un trozo de chapa, con asientos cubiertos de telas. Pago por adelantado, como en Inglaterra, pero luego me doy cuenta de que la gente paga al bajarse. Hace un calor pegajoso y no paro de sudar con las dos mochilas. El autobús hace unos ruidos espantosos y temo que nos deje tirados en medio de la carretera, aunque siempre consigue arrancar en los semáforos. Por el altavoz escucho el nombre de las paradas en ruso y en yakuto, que oigo por primera vez. No se parece a ningún idioma que conozco. Si el inglés suena para los que no lo hablan como una sucesión de «guachu guachu», el yakuto suena como una sucesión de «tantarantán».

Irina, la dueña del piso donde nos vamos a alojar durante los próximos cuatro días, nos recoge en la parada de la plaza de Lenin y viene con su hija, que habla algo de inglés y el año pasado estuvo tres semanas en Londres haciendo un curso. Responde Здорово («guay» o «mola») con una sonrisa cuando le digo que soy española. Irina me halaga con sus comentarios sobre mi ruso: «hablas bien y muy claro, casi sin acento alguno».

El piso* está en un bloque al que parece faltar un metro de hormigón. Entre el suelo y el primer piso (en Rusia no hay piso bajo, sino que al bajo se le llama primero, al primero segundo, etc.) hay un hueco de más de un metro y se ven columnas de hormigón. Entonces miro alrededor y me doy cuenta de que todos los edificios son iguales, solo que la mayoría cubre el hueco con chapa. Las tuberías principales van por fuera y no rozan el suelo, sino que van en paralelo a los bloques y recubiertas de material aislante; algunas incluso atraviesan la calle a unos tres metros de altura, cual puente elevado.

Subimos a nuestro hogar temporal yakuto, un asadero sin aire acondicionado y claramente construido para el frío. Al menos hay un ventilador y el wifi va muy bien. Nuestro cuarto tiene un reloj del Big Ben y me pregunto si lo habrá traído la hija de Irina de su viaje a Londres.

La diferencia horaria entre Moscú y Yakutsk es de seis horas, y se nota en el cuerpo. Mañana será un día intenso en el festival Ysyakh, así que hoy no tenemos muchos planes; simplemente ducharnos, dar una vuelta por los alrededores, cenar y descansar. La primera impresión es que los edificios son todos distintos y parece que los han construido sin ton ni son. Desde luego, armonía arquitectónica aquí no hay. Cuando llegamos a la plaza de Lenin seguimos caminando por la calle de Kirov y vemos un bonito edificio de madera con torres que da entrada a un aparcamiento y delante del cual hay tres señores mayores montando un puesto para vender algo. Al final de la calle hay una sencilla iglesia ortodoxa con cúpulas doradas que relumbran al sol.

La plaza de Lenin es una de las principales de Yakutsk y está a rebosar de familias y adolescentes. Hay niños bañándose en la fuente con ropa y todo. No los culpo. Hace un calor desagradable. Los padres no les dicen nada. También hay dos castillos flotantes y una furgoneta vendiendo helados que lleva en el techo a modo de decoración un helado de cucurucho gigante derretido.

Me sorprende no ver tiendas en las calles, pero sí muchos centros comerciales. Entramos en uno de ellos y cenamos en el único local que tiene aire acondicionado, aunque el sitio en sí no sea gran cosa (prioridades). No se ve a ningún extranjero, al menos occidental, en ningún sitio; tampoco hay oficinas de turismo, ni centros de información, ni carteles en inglés. Nada nadita. Y me encanta.

Antes de volver al piso entramos en una óptica a comprar unas gafas de sol para mi novio, que las ha olvidado en casa. Las mujeres de la óptica nos observan con una mezcla de curiosidad y tensión mientras buscamos gafas («¡guiris en mi tienda!»), pero luego relajan el semblante cuando vamos a pagar y les hablo en ruso. Yakutsk no es un sitio en el que uno pueda desenvolverse en otro idioma.

Día 4

Levantarnos reventados se ha convertido en una rutina, a pesar de dormir más de ocho horas. Nos han picado tantos mosquitos que anoche decidimos cerrar la ventana y encender el ventilador, que no consigue refrescarnos del todo, la verdad.

Tengo tres museos apuntados en mi lista de cosas que hacer, pero, siendo realistas, no tenemos tiempo de verlos todos. No hemos llamado al Instituto de Permafrost para concertar una visita con antelación y está bastante lejos, por lo que queda descartado.

Cogemos la calle de Lenin abajo rumbo al Museo del Mamut, el único en el mundo. Hace 31 grados, las calles son muy anchas, los bloques están separados unos de otros y hay poca sombra. Llegamos a una plaza dominada por un enorme edificio gris, en cuya fachada cuelgan las banderas rusa y yakuta. Al acercarnos puedo leer que se trata de la delegación yakuta del Ministerio de Agricultura de la Federación Rusa. Hay algún tipo de celebración o visita oficial, porque en la plaza hay pilas y pilas de flores, listas para ser colocadas. En la acera de enfrente hay dos hileras de piedras con pequeñas placas y gente mirando a la entrada de un edificio. Al ver el cartel de la puerta me doy cuenta de que es el Museo de Geología.

A los pocos minutos llegamos a un puente, con un pequeño lago y una fuente, junto a un cine algo cochambroso y una discoteca con pinta de poligonera. En esta zona están construyendo un montón de pisos, con fachadas de esas especies de azulejos metálicos tan típicas en Siberia. Después el paisaje se vuelve cada vez más asolado: un taller mecánico, un puesto de comida en el medio de la nada, calles de tierra que parecen salidas de una película estadounidense sobre drogas o crimen en algún país centroamericano… Hay casas de una sola planta con tejado de chapa, ventanas rotas, verjas rotas, arbustos y matojos de metro y medio y cables de la luz que cruzan la calle en batiburrillo cual montón de cables de auriculares que siempre se lían.

Entramos en el edificio principal de la universidad, donde creemos que se encuentra el museo, pero el museo no está allí. Me dicen «hay que salir, andar un trozo y enseguida lo ves. Es un edificio más pequeño». Hacemos lo propio y entramos en el segundo bloque nada más salir, pero allí tampoco es, así que damos la vuelta y entonces lo vemos. La señora de recepción nos da malas noticias: el museo está cerrado hoy y mañana. Nos pregunta si vamos a estar aquí pasado mañana y se queda con cara de pena cuando le decimos que no. Como hay otro museo dentro (el Museo Arqueológico), compramos entradas y lo vemos sin prisas.

Tras callejear un poco buscamos un sitio para comer y acabamos en una pizzería algo extraña en la zona universitaria. Tiene una especie de recepción donde nadie te recibe y hay menús en las mesas, pero nadie viene a tomar nota. Al final del local, que no tiene aire acondicionado, está la cocina y una barra tipo bufé, donde está la cajera. Pedimos una pizza Margarita para compartir (para evitar carnes y salamis, porque llevo días con el estómago revuelto) que viene con eneldo, como toda la comida rusa, y que se deja comer. Volvemos a la calle de Lenin hasta la plaza y tomamos un desvío, por cambiar, y nos dirigimos al Museo de Historia y Cultura de los Pueblos del Norte.

El museo está bien escondido y no exactamente en la dirección que le corresponde, pero un cartel a pocos metros nos pone en el rumbo correcto. Se encuentra en una especie de plazoleta-descampado con acceso para vehículos y una réplica de casa rural tradicional de invierno fuera. El museo es bastante completo y tiene varias plantas. Hay una sección de animales disecados (al menos las vacas son disecadas de verdad, porque se nota a leguas el sitio exacto en el cuello donde les dieron el tajo. Las costuras son enormes). En el área etnográfica se explican los diferentes pueblos que habitan la República de Sajá-Yakutia. También hay salas dedicadas a la historia de los yakutos, la llegada de los rusos, el papel de Yakutia en la Segunda Guerra Mundial, el deporte, la costura y las artes, además de una sala dedicada a la simbología de la figura de Lenin.

Pasamos el resto de la tarde callejeando, tomando algo fresquito en una cafetería donde hay dos extranjeros y descansando en el piso antes de ponernos a hacer de nuevo el equipaje y coger el autobús al aeropuerto.

El aeropuerto de Yakutsk es tan pequeño que solo tiene cuatro puertas de embarque. Aparte de un vuelo a Pukhet y alguno a China, los demás son nacionales: uno a Moscú y el resto a Siberia; la mayoría de ellos son vuelos regionales dentro de Yakutia a sitios de 9000 y 10 000 habitantes en aviones mayorcitos con pinta de necesitar una jubilación anticipada.

En el control de seguridad hay dos mujeres. La cara de una de ellas es todo un poema cuando ve acercarse a R («Joder, un guiri. ¡Lo que me faltaba!»). Hay tres personas en el control de seguridad y no hay prisa ninguna, vaya. Le empieza a decir cosas a R en ruso y él pone cara de póker. Yo aún estoy mostrando el pasaporte fuera y cuando entro le digo que R no entiende ruso. Como la mujer tiene pocas ganas de trabajar, dice que vale, que pase y ya está. R le cuenta la anécdota a todo el mundo y se acordará de la cara de la mujer toda la vida. Esta señora y otra chica en una minitienda han sido las dos únicas personas antipáticas que nos hemos encontrado en Yakutsk.

Una vez pasado el control de seguridad no hay nada, solo dos máquinas expendedoras. Son casi las doce de la noche y Suena Hit the road Jack en bucle durante más de una hora.

Subimos al avión. Próxima parada: ¡Vladivostok!

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Irene Corchado Resmella

Irene Corchado Resmella

Traductora jurada y jurídica de inglés (ICR Translations) especializada en derecho de sucesiones de Inglaterra y Gales, España y Escocia. Autónoma. Residente en el Reino Unido desde 2011 (Edimburgo < Oxford < Londres < St Albans). Casada con escocés. En Instagram: @curiolancer.

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