Diario de Siberia IV: Vladivostok (con información práctica)

26 de julio de 2017

Irene Corchado

La primera parte de nuestra aventura rusa llega a su fin y, tras cuatro días en Yakutsk, volamos a Vladivostok; allí comenzará nuestra ruta transiberiana en tren rumbo al oeste, pero antes déjame contarte nuestras impresiones de la ciudad.

Día 1

Aterrizamos en Vladivostok antes de las seis de la mañana. De los 31 grados de Yakutsk pasamos a poco más de 15, con una niebla densa y llovizna. Se agradece el fresco. El primer tren al centro no sale hasta casi las ocho, así que desayunamos y hacemos tiempo en una cafetería del aeropuerto junto a otros soñolientos viajeros oyendo el característico ñiñí de fondo.

El trayecto a Vladivostok dura casi una hora y no puedo evitar echar una cabezadita después de dormir solo una hora en el vuelo nocturno que nos ha traído hasta aquí. Cierro los ojos un momento. Los abro. La chica del asiento de enfrente me mira. Por la ventana veo a gente cruzando las vías como si nada y casitas de madera rotas con huerto. Vuelvo a cerrar los ojos. Los abro y veo el Pacífico y finalmente Vladivostok, con los últimos pisos de las torres más altas y el puente cubiertos por la niebla.

Al salir del tren tengo la sensación de haber vuelto a la civilización, a estar en una ciudad normal, con tiendas en las calles, edificios pegados unos a otros y gente con aspecto más variado entre sí. Se nota que es hora punta, porque hay mucho movimiento en las calles. Trajes, maletines, tacones y, sobre todo, prisas.

Calle en Vladivostok, Rusia

edificio en Svetlanskaya, Vladivostok, Rusia

Además de las numerosas joyerías y tiendas de flores que hay en cualquier ciudad rusa, lo que más caracteriza a Vladivostok es la presencia de marines. También me sorprende la gran cantidad de turistas chinos y coreanos que hay.

El hostal donde nos alojamos está a unos diez minutos de la estación de tren, en una bocacalle de Admirala Fokina, una calle peatonal donde prácticamente solo hay tiendas y cafeterías. Pasear por aquí me hace poner Yakutsk en perspectiva y darme cuenta de dónde venimos y qué poco rusa parece Yakutia. Según R, Vladivostok parece la imagen rusa de un San Francisco venido a menos, con sus cuestas y su imponente puente.

La habitación del hostal aún no está lista, así que nos dedicamos a callejear un poco para hacer tiempo, aunque lo que de verdad nos gustaría es dormir. Nos acercamos al paseo marítimo de Sportivnaya Naberezhnaya y vemos un estadio de fútbol. El aire es húmedo y el suelo está mojado. Los puestos de golosinas, comida y helados que hay están todos cerrados.

Después visitamos el museo del submarino C-56 y lo vemos en diez minutos. El interior resulta bastante claustrofóbico y está lleno de gente. Estoy cansadísima y me cuesta mucho centrarme a la hora de leer la información en ruso de cada objeto expuesto. Por si fuera poco, entra un grupo grande de turistas chinos gritones (el guía es ruso y también grita) que empujan y se hacen fotos con todo lo que hay en las vitrinas sin pararse ni siquiera un segundo a mirar lo que es. Los dejo pasar e intento seguir a mi ritmo mirando cosas, pero entra otro grupo de turistas y quiero salir de aquí pitando. Ya.

Comer es la mejor forma de pasar el tiempo, así que vamos a desayunar (otra vez). Algunos locales aún están cerrados, así que entramos en el único que vemos abierto por la zona, aunque esté dentro de un cine y nos tomamos nuestro tiempo con nuestros bliny y los syrniki. Los bliny son la versión rusa de las crepes; los syrniki son unas especies de tortitas gruesas hechas de tvorog, parecido al requesón, que se sirven con crema agria y mermelada. ¡Son un vicio!

Casi a la una de la tarde nos dan por fin la habitación y sin mucha dificultad acordamos echarnos una siestita y tomarnos la tarde de forma tranquila, sin mucho plan. La siesta dura cuatro horas y para entonces los museos están cerrados o a punto de cerrar, así que nos acercamos a la estación a comprobar el horario del tren de mañana y a localizar la sala donde dejar nuestro equipaje durante el día. En Rusia los horarios de los trenes están escritos en la hora de Moscú, así que hay que andarse con ojo para no despistarse. El nuestro sale mañana a las 10:35 de Moscú, que son las 17:35 de Vladivostok.

Día 2

Normalmente suelo buscar sitios locales donde comer, a menos que el hambre me pille en una zona donde no haya mucho donde elegir. Soy de las que me levanto con un hambre voraz y tengo que desayunar lo antes posible. El alojamiento no incluye desayuno, así que salimos a la calle en busca de una cafetería, aunque muchas están todavía cerradas. Encontramos una abierta que se llama Five o’clock y pretende ser una cafetería «inglesa». Vaya por dios. Venir de Inglaterra a Vladivostok y acabar desayunando aquí… pero hay hambre, así que entramos. En el mostrador hay scones y muffins, además de bollos variados muy poco británicos, la verdad (lo que siempre es de esperar en sitios que pretenden ser extranjeros). La decoración la forman toda suerte de tazas, platos y otras cosas horrorosas de porcelana a la venta, como una jarra con forma de Big Ben, un plato decorativo del jubileo de la reina y otro de un sitio que se llama Immington y que tengo que buscar en el mapa. Lincolnshire. Me pregunto quién habrá estado allí y cómo habrá llegado hasta Vladivostok.

Con el estómago lleno nos dirigimos al funicular, para intentar ver el puente y la ciudad desde arriba, aunque hoy también hay niebla. Caminamos sin prisa por Svetlanskaya, una de las principales calles de Vladivostok que discurre paralela al mar en una sucesión de subidas y bajadas. Es temprano y ya hay chunda-chunda sonando a todo volumen. La música no viene de ningún coche, sino de los altavoces que hay por toda la calle. Esto es algo también muy típico de Rusia que suele llamar la atención a los primerizos por estas tierras. El chunda-chunda te persigue allá donde vayas, porque muchas calles principales tienen altavoces y, si no, los tienen las tiendas fuera. Sí, fuera.

Según la información que llevo apuntada, el funicular debería estar abierto, pero, cuando por fin llegamos después de mucho andar vemos un cartel de Cerrado en la puerta. Genial. Pasamos por el cercano edificio de la universidad, de ladrillo rojo y aspecto casi victoriano que parece descontextualizado, como si lo hubieran traído de otro sitio ya construido. Después damos la vuelta para volver al centro y, de camino, vemos otra cosa curiosa: un cartel enorme de una escuela de danzas irlandesas que se han llamado Inverness. Eso es como si yo abro una escuela de cocina tradicional española en Lisboa y la llamo, qué sé yo, «Risotto funghi porcini». Como que no.

La niebla no tiene pinta de desaparecer y apenas se divisa la otra orilla cuando llegamos al Zolotoi most («puente Dorado»). Tras una buena ración de los típicos vareniki (pequeñas medias lunas de pasta rellena) rellenos de patata, vamos a una tienda a por provisiones para nuestro primer trayecto transiberiano que nos llevará hasta Jabárovsk.

Información práctica

Algunos lugares de interés:

Museo del submarino C-56
Funicular
Zolotoy most (puente)
Ploshchad’ Bortsam za vlast (plaza)
Calle Svetlanskaya
Sportivnaya naberezhnaya (paseo marítimo)

Sugerencias para comer:

Desayuno: Five O’Clock (Admirala Fokina 6)

Comida: Кондитория (Okeanskiy pr., 12). Recomendación personal: vareniki rellenos de patata.

Transporte desde y hacia el aeropuerto

Puedes ir del aeropuerto al centro de Vladivostok en tren, autobús o taxi. El tren es, quizá, la opción más cómoda, ya que no tienes que estar pendiente de las paradas ni hablar con un conductor y negociar precios de taxis. El primer tren sale del aeropuerto a las 07:57 y el último a las 17:30. El trayecto hasta la estación de trenes dura en torno a una hora.

Lugares mencionados de Vladivostok en un mapa

Alojamiento en Vladivostok

Dónde nos alojamos nosotros: Gallery and More Guesthouse*
Dirección: Ul. Admirala Fokina 4B
Puntuación en Booking.com: 8,8/10

Nos alojamos en una habitación doble con aseo y cuarto de ducha privados. Está bien para una noche o dos, aunque el colchón me pareció bastante incómodo. Lo mejor de todo es, probablemente, la ubicación, ya que está a unos 10 minutos a pie de la estación de tren.

Ver más alojamiento en Vladivostok*

*enlace afiliado. Si haces una reserva o compra a través de este enlace, recibiré una pequeña comisión, sin ningún coste adicional para ti. Los enlaces afiliados me ayudan a cubrir algunos gastos de mantenimiento del blog sin tener que recurrir a otras técnicas más agresivas (y más molestas para ti como lector), como anuncios.

© The Curiolancer. Todos los derechos reservados.

¿Te ha gustado el artículo? ¡Compártelo!

Irene Corchado Resmella

Irene Corchado Resmella

Traductora jurada de inglés y redactora de contenido (ICR Translations). Autónoma. Viajera frecuente. Rusófila. Escribo sobre Extremadura en Piggy Traveller.

error: ¡No copies sin permiso!

SUSCRÍBETE A THE CURIOLANCER

Recibe los últimos artículos, novedades y contenido exclusivo por correo electrónico.

Privacidad

¡Listo!

Bitnami