Diario de Siberia III: excursión al glaciar Buluus, taiga y chapuzón en Kuruluur

19 de julio de 2017

Irene Corchado

Mientras el principal atractivo de algunos países son sus ciudades, otros llaman la atención del viajero por sus paisajes y su naturaleza. La República de Sajá-Yakutia es de los segundos. Yakutsk no es una ciudad bonita (considerada por escritores y exploradores como un agujero o como el sitio más feo que han visto nunca), pero es, desde luego, un lugar curioso desde el que salir a ver muchas maravillas naturales.

Tras haber acudido al festival Ysyakh, hoy ponemos rumbo a un glaciar, a ver la taiga y a darnos un chapuzón en un río con Román, nuestro guía de VisitYakutia.com. Lee a continuación nuestras impresiones:

Cruzando el Lena en barco

La excursión empieza temprano. Román nos recoge a las ocho de la mañana y conduce hasta un «muelle», por llamarlo de alguna forma, al norte de Yakutsk, cerca del aeropuerto. El muelle es, más bien, un camino de tierra junto al río, de donde parte el barco que nos llevará al otro lado del Lena. No hay puentes. El gobierno ruso dice que, a lo mejor, en cinco o diez años construyen uno, pero vete tú a saber. De momento, la única forma de ir a los pueblos situados al este del río es en barco.

El camino de tierra es de un solo sentido y Román cuenta que todas las semanas se lía. Esperar tu turno y hacer cola son conceptos poco entendidos y practicados por aquí y es algo que los yakutos tienen en común con los rusos. Por suerte, es lunes por la mañana y no hay cola alguna. Entre nuestros compañeros de barco hay familias que vuelven del fin de semana de festival, señores mayores, una camioneta de Correos que parece sacada de los años cuarenta y dos hombres musulmanes del Cáucaso que destacan entre los yakutos tanto como nosotros.

En el barco no hay asientos ni nada por el estilo. Hay gente dentro de los coches, pero yo enseguida descarto la idea. Primero, porque quiero disfrutar de las vistas y, segundo, porque, si el barco tiene problemas, al menos si estoy fuera podré saltar al agua y nadar. O eso espero.

El río Lena es más ancho de lo que imaginaba. Es enorme. La otra orilla es poco más que una delgada línea en el horizonte. Tardamos una hora en cruzarlo en diagonal, ya que hay varias islas en el medio, algunas de un tamaño considerable. Román se queja del trayecto: «en invierno se tarda solo 20 minutos en coche». Con el calor que hace se me hace difícil imaginar a los coches cruzando un río de tal tamaño congelado.

Trayecto en coche

El punto de llegada es un terraplén similar al de la otra orilla, pero este tiene varios locales cutres hechos con contenedores de carga, donde venden kebabs y comida rápida en medio de la polvareda que levantan los coches al pasar.

Hacemos parada en un supermercado y compramos comida para la barbacoa que haremos tras ver el glaciar. La confusión que crean las «no colas» hace que tardemos más de lo deseable. En Rusia cualquier trámite, aunque sea ir al supermercado, lleva más tiempo del deseable. Compramos carne de cerdo marinada con salsa de frutos del bosque y uvas para el postre.

Volvemos al coche y a los pocos metros llegamos a un cruce. Si giras a la izquierda acabas en Magadán, después de varios días por la autopista M56 de Kolymá, conocida como «la carretera de los Huesos», porque fue construida en gran parte por presos del Gulag; muchos murieron durante la construcción y sus huesos fueron incorporados a la carretera. Nosotros giramos a la derecha en dirección sur. Voy bastante confundida, porque estaba convencida de que el glaciar estaba al norte, pero no digo nada. (Ya en casa me doy cuenta de que el lugar que tenía por Buluus no es tal, sino Bulus). Román sabe perfectamente dónde está, así que cruzo los dedos para llegar sin problemas.

«Esta es la carretera federal», anuncia. Durante un ratito está asfaltada y no tiene demasiados baches. Luego la cosa continúa en gravilla y el coche no para de dar saltos. Aun así, me duermo a ratos y despierto de nuevo dando saltos. De vez en cuando la carretera nos deleita con trayectos asfaltados. Resulta que el año pasado empezaron a asfaltar y, teniendo en cuenta lo poco que dura el verano (que es cuando uno puede trabajar al aire libre), terminar las obras puede tardar bastante.

El glaciar Buluus

Tras una hora y pico de trayecto, por fin veo un cartel que anuncia el glaciar, el único cartel que he visto hasta ahora y cambiamos la carretera por un camino de tierra hasta llegar al aparcamiento. Al bajarnos del coche nos da la bienvenida una nube de mosquitos, moscas e insectos voladores gigantes que no he visto en mi vida. El repelente ayuda, pero no hace milagros. Cruzamos una zona de barbacoa y nos asomamos al borde del valle para ver el espectáculo: el glaciar Buluus.

Estamos a treinta y un grados y al fondo del valle hay un glaciar enorme, tan grande como alcanza la vista. Bajamos y en cuanto pongo un pie en la superficie helada siento el aire frío que desprende, y lo agradezco. Es una sensación única y extraña. Estoy acalorada, en manga corta y andando por un glaciar.

En las zonas donde se ha derretido el hielo hay pequeñas piscinas llenas de agua gélida. Dos manantiales en distintos puntos del valle son los que proveen el agua que se congela y forma el glaciar. En el centro hay un par de riachuelos que se abren camino entre el hielo. Debido al calor, la superficie no resbala. En muchas zonas, es nieve blanda y mis zapatillas de tela se hunden varios centímetros. Se me mojan los pies y yo estoy en la gloria. Román calcula que el hielo tendrá un metro y medio de grosor. Junio es un buen mes para verlo. Dice que otro año vino con un grupo a finales de agosto y el glaciar casi se había derretido del todo. Imagino la desilusión del grupo, sobre todo después del trayecto en barco y coche hasta aquí…

Después de la barbacoa bajamos de nuevo al glaciar antes de irnos. Me alegra haber bajado antes, cuando no había nadie y tuvimos un rato agradable y tranquilo para verlo. Ahora hay unas 20 personas de esas que llaman a sus hijos a voces y un grupo que no deja de chillar, además de una chica que parece haber venido solo por la foto. Enseguida se quita la ropa y posa en bikini y pamela recostada en el hielo mientras su madre le hace fotos. Qué guapa vas a salir en Instagram, hija. Qué pena que sean todo primeros planos y lo más bonito (el glaciar) apenas se vaya a ver.

Taiga

La próxima parada es Турук Хая («Turuk Jáia»), un enorme precipicio donde contemplar desde arriba la inmensidad de la taiga siberiana. Siempre he pensado que las retahílas que aprendíamos en Geografía no servían más que para aprobar un examen. Viajar es la mejor forma de aprender geografía, historia y cultura y poner en práctica y mejorar idiomas. Y aquí estoy yo, a mis 31 años, viendo de primera mano lo que es la taiga, más allá de repetir como un loro aquello de «es un ecosistema típico de zonas con clima continental y caracterizado por árboles de hoja perenne».

Río Kuruluur

El último plan de la ruta de hoy es pasar un rato junto a un río cercano y, quizá, darnos un chapuzón. Vamos por un camino de tierra por el bosque que, más que camino, es una sucesión de baches. Agujero tras agujero. El trayecto supuestamente dura veinte minutos, pero tardamos casi cuarenta y cinco. Entonces me acuerdo del episodio de Long Way Road en el que Ewan McGregor y su compañero tienen que pedir ayuda para cruzar carreteras inundadas de camino a Magadán. Nos encontramos con un charco que parece profundo y Román se baja del coche y se mete en el agua. La parte central es demasiado profunda para pasar, pero en el lado izquierdo el agua le llega por debajo de la rodilla, así que finalmente cruzamos por ahí.

El trayecto es una auténtica agonía monótona de baches en un camino recto con una infinita sucesión de árboles a ambos lados. Me parece estar en un videojuego de esos de pasar pantallas y llevar días enteros encerrada en la pantalla «Bosque» del nivel I. Pero todo llega y, por fin, dejamos el coche y nos sentamos junto al río. Hay varias cascadas, pero son pequeñitas, nada sorprendente. Las rocas tienen formas escalonadas y el agua es oscura. No se ve el fondo y hay piedras, así que descarto nadar, pero me siento en la orilla de una piscina natural pequeña hasta que el agua me cubre la cintura. El agua está fría, aunque no helada, como uno esperaría de un lugar por encima de los 60º de latitud norte.

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Irene Corchado Resmella

Irene Corchado Resmella

Traductora jurada de inglés y redactora de contenido (ICR Translations). Autónoma. Viajera frecuente. Rusófila. Escribo sobre Extremadura en Piggy Traveller.

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