De ruta por los bosques nevados de Estonia

18 de abril de 2017

Irene Corchado

Este artículo no va de dar información práctica ni consejos a senderistas. Para dar consejos estaba yo cuando hice la ruta… más bien estaba para recibirlos.

Fue a principios de marzo del 2006. Uno de mis compañeros llegó a nuestra residencia de la calle del Oso (Karu) con una propuesta: apuntarnos a una excursión al bosque ese fin de semana. Era una ruta de 20 kilómetros en total y había que llevar saco de dormir y algo de comer y beber. No, oficialmente no se podía llevar alcohol. Sí, el organizador daba a entender que sí podíamos llevar alcohol.

Eso era todo lo que sabíamos, o al menos lo que sabía yo, que no siempre coincide con lo que saben los demás. Nunca había hecho una ruta de andar tan larga y no tenía ni saco de dormir ni ropa adecuada, pero me apunté sin pensarlo. Cuando eres Erasmus te apuntas a todo, incluso a cosas a las que ni siquiera te han invitado.

Recuerdo cómo mi amiga J y yo nos presentamos en una dirección que alguien le había dado con una botella de vodka Viru Valge y chocolate bajo el brazo.

―¡Hola! ¿Vive aquí Steffi?

―Em… Sí. ¿Quiénes sois?

―Somos Irene y J. Venimos a su cumpleaños.

―Ah, pues… Pasad.

Y así fue cómo nos presentamos por la cara en casa de Steffi, una chica alemana que ninguna de las dos conocía y que nos recibió con cara de sorpresa. El vodka y el chocolate ayudaron a romper el hielo.

Te apuntas a tantas cosas que a veces te olvidas de algunas como, por ejemplo, que justo el día antes de irte de ruta por los bosques nevados de Estonia tienes una fiesta. Claro, luego te levantas con prisa después de mucho beber y poco dormir con el tiempo justo para preparar la mochila con cuatro cosas y salir pitando a la estación, haciendo parada, eso sí, en la tienda de alcohol. Se ve que muchos habíamos ido a la misma fiesta el viernes por la noche, porque el 80 % del vagón fue sobado en el tren todo el trayecto.

No sé si el resto de mis compañeros sabía a lo que iba, pero, como me daría cuenta poco después, yo no. Mi experiencia previa con la nieve eran visitas esporádicas cuando era pequeña a Piornal, el pueblo más alto de Extremadura y donde más nieva, y poco más. Bueno, aparte de llevar todo el invierno en Tallin, por supuesto. Y esta rutita durante un fin de semana de marzo más frío de lo habitual (–15 ºC por el día) iba a suponer todo un reto personal para un animal de dehesa como yo.

Definitivamente no llevaba la ropa adecuada para tal acontecimiento. Hasta entonces no nos habíamos aventurado en la naturaleza estonia y no había necesitado ropa deportiva térmica en condiciones. Me bastaba con seguir la moda cebolla, añadiendo capas de ropa hasta que las mangas del abrigo apretaban tanto que apenas podía mover los brazos. Así iba yo por la vida en Tallin, pero el bosque me dio una buena lección.

Esto es lo que llevaba puesto para la ruta: leotardos y pantalones deportivos (bastante finos, por cierto), camiseta térmica de interior, jersey de lana, chaleco, bufanda y gorro de lana, guantes y, atención, zapatillas de deporte.

No podría haber tenido una ocurrencia mejor que llevar zapatillas de deporte para una ruta por la nieve. Creo que elegí las zapatillas, porque la otra opción era llevar las botas de ante que usaba a diario (como estudiante ahorradora al máximo no contemplé la posibilidad de invertir en unas buenas botas de Gore-Tex, como que hice al año siguiente antes de mudarme a San Petersburgo).

A los pocos minutos de empezar la nieve comenzó a colarse por todos los huecos de las zapatillas y en nada ya tenía los pies fríos y mojados. Yo normalmente ya tengo las manos y los pies más fríos de lo normal y no tardé mucho en empezar a sentir los pies entumecidos. Recuerdo ir casi todo el camino encogiendo los dedos de los pies para calentarlos. El paisaje era precioso, pero yo pasé la mayor parte del tiempo mirando al suelo, a los compañeros que iban delante en fila india y concentrándome en acelerar el paso y mantener los pies calientes.

Algo muy gracioso para los demás, pero no para mí, fue descubrir que no íbamos a dormir en algún bungaló o cabaña de madera calentita como yo había supuesto, sino en tiendas de campaña sobre la nieve. Resulta que eso era lo que algunos arrastraban en dos especies de trineos. Ahí fue cuando pensé que el finde que yo tenía en mente no iba a parecerse mucho a lo que nos esperaba.

En la mitad del camino hicimos una parada en una cabaña como la que yo me había imaginado para dormir y arramplé con el 60 % de una especie de fuet que llevaba y que debía durar hasta la cena.

Llegamos al lugar de acampada poco antes del atardecer. Básicamente era una explanada enorme con una cabaña de madera abierta, una caseta con un agujero que hacía de servicio y una torre a la que no tardamos en subir para ver la puesta de sol.

Mientras unos montaban las tiendas, otros hacíamos una hoguera para calentarnos y cocinar algo antes de que se congelaran las provisiones. No tardaron en llegar malas noticias desde el puesto base de acampada: una de las tiendas se había roto y eso significaba que las 21 personas que íbamos tendríamos que dormir como pudiéramos en una sola tienda con capacidad para unas 12.

El menú general consistía en pasta barata cocida con nieve derretida y salchichas tipo Frankfurt. A falta de utensilios en condiciones, el compañero encargado de darle vueltas a la pasta lo hizo con la rama de un árbol. ¿Pasta con astillas? No, gracias. Yo me decanté por probar una salchicha y terminar el fuet.

Las botellas no tardaron en aparecer, y había de todo tipo: vodka, vino, Jägermeister, Vana Tallinn, licor de fresa y otras cosas que ni recuerdo. En lugar de beber cada uno lo suyo, el organizador propuso abrir todas las botellas e ir pasándolas. Nadie se movía de la hoguera y el ambiente se fue animando a cada trago. Comenzaron los chistes, las historietas, los cotilleos y una curiosa y espontánea actuación por parte de nuestra amiga M, que cantó lo que el resto dimos por una Marsellesa con una letra desconocida, por mucho que ella insistiera en que aquello era una canción popular húngara.

Poco a poco la gente fue retirándose a la tienda de campaña, pero no tardaron en salir, porque alguien se puso, digamos, estomacalmente indispuesto y hubo que limpiar los aposentos.

Aquella noche dormimos con la ropa puesta (chaleco, gorro y guantes incluidos) y el aliento de otro en la nuca. Por la mañana desayunamos lo poco que no se había congelado e iniciamos la marcha por los bosques nevados. No me acuerdo muy bien del trayecto de vuelta, solo de que andaba muy deprisa encogiendo los pies y pensando en la siesta que me iba a echar en cuanto llegase a casa.

Lo que sí recuerdo es estar sentada delante de la hoguera la noche anterior y pensar varias cosas: que estaba pasando el mayor frío de mi vida, que al día siguiente aún tenía que andar 10 kilómetros por la nieve con aquellas zapatillas, y que esta era una de esas excursiones donde lo pasas mal, pero que luego nunca olvidas.

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Irene Corchado Resmella

Irene Corchado Resmella

Traductora jurada de inglés y redactora de contenido (ICR Translations). Autónoma. Viajera frecuente. Rusófila. Escribo sobre Extremadura en Piggy Traveller.

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