Ya me lo habían dicho unos amigos antes de mi viaje a Marrakech: «Es muy probable que te pierdas, así que no te preocupes. Es normal. Es más: el primer día seguro que te pierdes».

Reconozco que mi sentido de la orientación es nulo, pero es que Marrakech se las trae. Los estrechos callejones de la Medina (la mitad de ellos no tiene nombre y la otra mitad no aparece en el mapa) ponen a prueba la orientación del viajero más avispado y los nervios de familias enteras en las plazas del centro.

—A ver. Parad un momento que vea dónde estamos.

—Es por ahí, ¿no?

—No. Por ahí hemos pasado antes.

—¿Seguro? Yo creo que no.

—Sí. Ya he visto esa tienda antes. Me acuerdo perfectamente.

—¡Pero si son todas iguales!

—Mirad. Olvidémonos del mapa. Vamos por ahí y ya veremos dónde aparecemos.

Conversaciones como estas las oirás constantemente. En Marrakech perderse es el deporte más practicado por los turistas, sobre todo cuando buscas un sitio concreto. Si quieres ir a una plaza pero pasas por un museo que planeabas visitar mañana, olvídate de la plaza y entra en el museo. Quizá mañana no lo encuentres.

El tono rojizo de todos los edificios de la ciudad y la falta de carteles en muchas callejuelas dificulta encontrar puntos de referencia, sobre todo de noche. A esto súmale el semiacoso verbal de los niños locales que se te acercan para darte indicaciones (y hacerte dar un rodeo de mil demonios para luego pedirte dinero) hace que no solo te sientas perdido, sino también un poco nervioso.

Calles de Marrakech

No sacas el mapa ni el móvil para no llamar su atención, pero después de verte pasar tres veces por el mismo punto te tienen calado. Eres un turista con un cartel de «Perdido» colgado en la frente.

Mi primera noche en Marrakech fue un desastre, a pesar de que el plan previsto era bastante modesto: cenar y pasar por la plaza principal de Jemma-el-Fna.

El dueño del riad donde nos alojábamos, en la parte norte de la medina, nos dio buenas indicaciones para llegar a la plaza, señalando en un mapa puntos de referencia para que no nos perdiésemos.

El trayecto del riad a la plaza durante el día dura unos quince minutos, pero por la noche es algo más largo, ya que cierran varias puertas en la zona de los bazares y hay que dar un rodeo. Para no tener que echar mano del mapa o el móvil memorizamos los puntos de referencia, pero no tardamos en perdernos. La herboristería tras la que debíamos girar a la derecha no aparecía por ningún sitio, sino una con distinto nombre.

La primera vez dimos por sentado que aquella era la herboristería que buscábamos, pero acabamos yendo en dirección opuesta a la plaza y saliéndonos incluso de la medina. La segunda vez que volvimos a pasar delante de «la otra herboristería» un grupo de niños empezó a seguirnos y a darnos todo tipo de indicaciones. Decidimos seguir recto y coger la siguiente calle a la derecha, pero no conseguimos encontrar ninguna referencia o cartel que indicase la dirección a la plaza y otro grupo de niños comenzó a darnos la vara.

Después de más de hora y media dando vueltas en círculos, girando en distintas calles, cansados y con el estómago vacío desistimos en nuestro intento de ver la plaza y dimos la vuelta para volver al riad. Estábamos tan despistados que tampoco encontramos el riad, aunque sí encontramos un restaurante donde cenamos genial y saciamos el cabreo que llevábamos, además del hambre. Llegamos al riad gracias a los porteros de un restaurante que nos llevaron prácticamente hasta la puerta. Menos mal, porque si no, aún estaríamos dando vueltas por la medina.

Nos perdimos, nos volvimos a perder, ni siquiera vimos la plaza y volvimos al riad guiados por locales. Empezamos bien.

Bienvenidos a Marrakech. Mañana será otro día.

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IRENE CORCHADO RESMELLA

Irene Corchado ResmellaTraductora jurada de inglés y redactora de contenido autónoma que trabaja desde Oxford como ICR Translations. Extremeña, rusófila y viajera frecuente.

 

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