Si has estado de Erasmus sabrás lo que es ese extraño estado mental de semidepresión que te pilla por sorpresa al volver a casa. Sabrás lo que es la nostalgia de una experiencia que te marcó para siempre y que no volverá a repetirse (a menos que vuelvas a irte).

Si has estado de Erasmus y quieres volver para recordar viejos tiempos piénsatelo bien antes de ir. O si quieres ahorrarte un disgusto mejor no vuelvas. Tampoco busques mucho sobre la ciudad en internet. Quédate con la imagen del destino que tienes y guárdala en tu mente como un tesoro para que no desaparezca, porque esa imagen idealizada ya no se corresponde con la realidad y se hará trizas tan pronto como vuelvas a poner un pie allí.

Escribo esto a pocos días de volver a Tallin, mi Tallin, donde realicé mi estancia Erasmus hace ya diez años, que se dice pronto. Hace cinco años pensé que sería buena idea volver. Monté en el avión con alguien que visitaba la ciudad por primera vez y tenía sensaciones encontradas. Pasé un fin de semana recorriendo las calles buscando todos los rincones que marcaron mi experiencia y, aunque algunos bombardearon mi mente de anécdotas que me hicieron sonreír, no pude evitar cierta desilusión. Llegar a la puerta de uno de mis bares favoritos, ese al que iba dos o tres veces por semana para tomar las primeras copas, y ver que ahora era una cafetería-restaurante llena de turistas fue un gran chasco. Se apoderó de mí una rabia repentina que me hizo soltar varios tacos en un tono más alto del que habría querido. Mi acompañante pensó que aquello no era para tanto. ¿Cómo que no? Hice una foto y se la envié a mi grupo de amigos de Erasmus y durante un buen rato compartí con ellos el chasco que nadie más podía entender.

Esperaba que el Havana Club siguiera estando allí. ¿Por qué no iba a estar? Pues no estaba, al igual que no estaban allí otros lugares que recordaba. Esta no era mi Tallin. La ciudad no me había esperado y había pasado de mis recuerdos totalmente. Qué fuerte. Había cambiado mucho y muy rápido y al llegar me escupió una ráfaga de modernez europeizada, con sus radiantes nuevos edificios de cristal y sus euros. ¡Hasta habían construido un barrio entero con un montón de tiendas donde estaban Springfield y Bershka! No me lo podía creer. ¿Estaba en Tallin o en la avenida de mi pueblo?

Volver a tu destino de Erasmus es hacerle reproches constantes a la ciudad. ¡Cómo se habían atrevido a demoler aquellos edificios destartalados! ¿Por qué habían construido ese gigantesco y horrible monumento en la plaza? Y así todo el rato, hasta que finalmente te das cuenta de que no solo ha cambiado Tallin, sino que tú también has cambiado y estás siendo muy injusta con la ciudad que te regaló momentos inolvidables, risas, experiencias nuevas, viajes y, en cierto modo, una nueva personalidad. Seguro que cuando volviste a casa después del Erasmus escuchaste cosas como «tú no eras así antes», «¿pero tú antes no decías que…?» o «has cambiado».

Y no ha sido malo cambiar. Es más, irte de Erasmus ha sido una de las mejores cosas que has hecho nunca. Yo ya no culpo a Tallin por haber cambiado, sino que le agradezco haberme hecho cambiar.

Dentro de unos días volveré. Aunque tengo miedo de lo que la ciudad haya podido cambiar en estos últimos años (ya he visto que tres de las discotecas que frecuentaba han cerrado), tengo la esperanza de que este viaje sea diferente. Esta vez no voy solo con una persona ajena a la experiencia; me reuniré con algunos buenos amigos a los que no veo desde la última fiesta en la calle del Oso (Karu). Al menos si me llevo otra desilusión podré recordar mi Tallin, aunque sea en alguna cafetería moderna llena de turistas.

¿Has vuelto a tu destino de Erasmus? ¿Qué sensaciones te produjo? Comparte tu experiencia en los comentarios.

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IRENE CORCHADO RESMELLA

Irene Corchado ResmellaTraductora jurada de inglés y redactora de contenido autónoma que trabaja desde Oxford como ICR Translations. Extremeña, rusófila y viajera frecuente.

 

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